Por Vicente Grondona (h)
Notas sobre uno de los artistas más elusivos del siglo XX y de un breve concierto en Woodstock
[Ya con sesenta años de carrera la historia se mantiene igual, el hombre intenta huir de las sombras que el mismo proyecta]
La gente está dispersa, alrededor el recuerdo de Woodstock (y con ello el viejo sueño que significó) se mueve lánguido por las praderas verdosas.
Los empleados que se ocupan de la admisión parecen hippies que están allá desde aquel famoso festival del 69′, año que sirvió como uno de los mayores puntos de giro en la historia americana del siglo XX; significantes del simultaneo ascenso y colapso en la contracultura de los 60’s.
Podríamos decir que fue su punto de ebullición, entre la llegada de Nixon y las protestas de Stonewall. En ese entonces, abundaban los movimientos y eventos que marcaban la contracultura, y Woodstock, con sus masas de adolescentes reventados y perdidos, sería uno de ellos. Las imágenes provenientes de este recital (y otras, como las de Manson y sus discípulos, para dar un ejemplo ya icónico) serían utilizadas en los sombríos años ’70 para retratar a esa contracultura como desbordada, un culto al desenfreno y la haraganería.
Ahora las cosas se asentaron. Esos mismos jóvenes que urdían su mitología e iconografía como un refugio del opresivo Estados Unidos de Richard Nixon, ahora te venden remeras de Woodstock y símbolos de paz en gorras de camionero. Otros simplemente son visitantes, pero no parecen haber salido de ese largo Summer Of Love. Los hombres llevan barbas largas y blancas, anteojos Oakley y remeras flúor, los más calvos usan gorra de pescador, otros retienen su largo cabello, ahora delgado. Las mujeres en blusa florida y anteojos circulares van con tote bags y tienen el pelo grisáceo. Fuman porro y algunos se reparten hongos alucinógenos. Son joviales y ansiosos a empezar conversación con cualquier visitante que les preste atención.
Mientras espero a que comience el concierto, muchas cosas pasan por mi cabeza. Principalmente, busco un mayor entendimiento sobre el artista que voy a presenciar: como si tenerlo a mi alcance, en el mismo espacio, me aclarara algo sobre una figura tan elusiva. Es peculiar ver a Dylan en esta locación.
Asocio mucho a Bob Dylan con la parte rural del estado de Nueva York; imágenes de él y su familia en ese entorno campestre vienen a mi mente, y la iconografía de Dylan tocando en Woodstock del ’69 aparece, aunque esto no haya sucedido. Músicos asociados a él, como The Band o Joan Baez, fueron partícipes. Pero si algo es seguro sobre Bob Dylan, es que va a rechazar ser lo que se espera de él, y va a tratar de destruir lo que él mismo ayudó a crear.

La historia de Dylan es atravesada por esta localidad. Ya a mediados de los 60′, con la contracultura en plena movilización, Dylan, un trovador que supo ser cronista de los espasmos sociales de Estados Unidos, rechazo su papel de profeta y activista político (papel en el que se había situado a través de su poesía.) Más tarde dirá que esa nunca fue su intención y que la gente leyó cosas donde no las había. Esto se hace risible si uno vuelve a sus canciones de su periodo en el Greenwich Village.
Además de los icónicos himnos de revuelta social que son Blowin’ In The Wind y The Times They Are A-Changin’, podemos ver en The Lonesome Death of Hattie Carroll como Dylan relata un hecho ocurrido en febrero de 1963: el asesinato de una afroamericana llamada Hattie Carroll a manos de William “Billy” Zantzinger, un joven pudiente de una familia tabaquera sureña. En Talkin’ John Birch Paranoid Blues (canción que interpretó en Carnegie Hall en octubre de 1963, el mismo mes en el que grabó el tema sobre Hattie Carroll, aunque no salió de manera oficial en su momento, vería la luz en la renombrada Bootleg Series cuyos primeros volúmenes fueron lanzados en 1991), Dylan se burla de la John Birch Society, un grupo organizativo anticomunista e hiperconservador fundado en 1958. En A View From The Fringe, artículo de Thomas Mallon publicado en The New Yorker, Mallon discute cómo la John Birch Society fue central en moldear a futuro el ethos cultural del conservadurismo en los Estados Unidos. En 1963, Dylan se sumaría a la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad y cantaría allí junto a Joan Baez canciones como Only a Pawn in Their Game. Sería fácil trazar un arco de activismo político con Dylan en la primera mitad de los años 60’.
En 1975, unos seis años después del festival de Woodstock, Dylan diría esto sobre el evento y el movimiento que lo rodeaba:
«No quería ser parte de eso, me gustaba la ciudad. Sentí que explotaron todo eso, subieron allí y obtuvieron 15 millones de personas todas en el mismo lugar. Eso no me entusiasma. La generación de flores… ¿es eso lo que era? No me gustaba eso en absoluto.
Sólo pensé que había muchos niños por ahí llevando flores en sus cabellos, tomando mucho ácido»
Entrevistado por Jim Jerome, 1975, People Magazine
Es importante destacar que Dylan, escapando del ritmo maníaco de la escena cultural que él ayudó a engendrar, se mudó a Woodstock en julio de 1965. Visitó por primera vez el pueblo en 1963. Luego de terminar Blonde On Blonde, Dylan tuvo un accidente de moto, que supuestamente pondría en suspensión sus planes de una gira en Estados Unidos de sesenta fechas. Después de este incidente, decidió (o por lo menos intentó) retraerse por completo de la fama. Grabó las famosas sesiones de The Basement Tapes con The Band. Allí formó una familia con su esposa Sara Dylan y encontró un semblante de estabilidad.

En Woodstock, su sonido se alejaría por completo de ese rock/blues con un dejo de psicodelia (lo que él llamaría “Thin, Wild, Mercury Sound”). Si bien ese periodo me hace pensar más en lo surreal que en lo psicodélico, agruparlo con otros movimientos de la época se hace irresistible. Dicho “Mercury Sound” se hace presente en pasajes de Highway 61 y por completo en Blonde On Blonde. Mientras tanto, la psicodelia total cobraba fuerza con el hito que fue Revolver y reventó del todo con Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, ese mismo sonido que terminó llevando a Brian Wilson al éter creativo con el anunciado y nunca lanzado Smile. Luego del derrumbe psicológico de Brian, la banda continuaría con los restos de ese trabajo y sonido ideado en discos como Smiley Smile, Friends y 20/20 Vision, que, por cierto, tiene un tema coescrito por Charles Manson llamado Never Learn Not To Love. En Manhattan, bandas como The Velvet Underground y Grateful Dead lanzarían su debut en el ’67 y, a mi parecer, ellos sí empujarían ciertas ideas coqueteadas por Dylan a nuevas áreas. Ese mismo año comenzarían a aparecer actos arraigados a la psicodelia como Pink Floyd con The Piper at the Gates of Dawn y el debut de The Doors; e incluso los Stones saltarían a ese sonido con Their Satanic Majesties Request. Este perfil sónico vendría, por un lado, como resultado de la cultura creciente de drogas alucinógenas (por su parte, Dylan insiste en no haber consumido ese tipo de sustancias) y, más importante, como una forma de articular o de “expandir el vocabulario” de la contracultura. Ya Los Beatles habían cambiado lo que significaba la música para esa generación, pero se dio un paso más: ellos le dieron una imagen a este salto por fuera de la conciencia. Si las infraestructuras sociales debían sufrir cambios radicales, la música de esta juventud debería poder expresar semejante ruptura. Uno se imagina el choque y enamoramiento estético que debe haber causado un tema como Tomorrow Never Knows o Lucy in the Sky with Diamonds y la oportunidad expresiva que debe haber dado.
El Dylan de Blonde On Blonde no llega a esas alturas, pero está cercano a un sonido más disonante y de mayor sofisticación (trompetas, arpa y otros arreglos están presentes aquí). Notable era su total abstracción lírica; en Rainy Day Women #12 & 35 su voz suena burlona y risueña. Las letras no están vaciadas de significado, pero Dylan crea cada vez un mayor distanciamiento entre la audiencia y el contenido temático. Hay momentos donde hay una especie de estética del sueño en lo que él llamaba “encadenamiento de sus imágenes”. Este extrañamiento comenzó con Another Side of Bob Dylan del ’64; sus poéticas allí eran más sueltas, comenzaban a abrazar el surrealismo y a distanciarse del comentario social directo. Podríamos decir que fue otro acto de rebeldía por parte de Dylan. Ni hablar de su transición al rock en el ’65 en el festival de Newport. Estas afrontas, en mi suposición, fueron intentos de rechazar su rol como figura de cambio cultural, pero la ironía es que, al adelantarse a la curva, sin saberlo, se había convertido en parte de la nueva ola. Ya con sesenta años de carrera, la historia se mantiene igual: el hombre intenta huir de las sombras que él mismo proyecta, pero siguen ahí, persistentes detrás de sus pies
«Estaba en Woodstock y estaba adquiriendo un gran grado de notoriedad por no hacer nada, luego tuve ese accidente de motocicleta que me dejó fuera de servicio. Luego, cuando desperté y recuperé el sentido, me di cuenta de que solo estaba trabajando para todas estas sanguijuelas. Y yo no quería hacer eso. Además, tenía una familia y solo quería ver a mis hijos. También había visto que estaba representando todas esas cosas de las que no sabía nada.»
Dylan entrevistado en 1984 por Kurt Loder para Rolling Stone Magazine

La frase “un gran grado de notoriedad por no hacer nada” deja entrever la ironía de que su exilio terminó causando mayor mística a su figura, con una obsesión mediática creciente. Se empezó a especular sobre su bienestar y se esperaba su regreso con ansias, a pesar de que nunca realmente se fue. En el ’67, con John Wesley Harding, Dylan dejaría de intentar ser un contemporáneo de Los Beatles, los Stones o de bandas ya mencionadas como The Velvet Underground, y comenzaría un repliegue hacia su interior, hacia un sonido simplificado, de tonalidades más cálidas, de letras despojadas de una parafernalia beatnik o de Poeta Maldito (eran claras las presencias de Ginsberg, Kerouac y Rimbaud en Blonde On Blonde). Se veían huellas de lo que vendría a ser su periodo cristiano (una canción como All Along the Watchtower funciona como una parábola religiosa). Sería un regreso a un pseudo folk, con mucho instrumento acústico. Si bien fue un disco bien recibido por la crítica, la mayoría se preguntaba: “¿Por qué hace esto Dylan?”
Ese sentimiento perduraría; en el 69′ sacaría Nashville Skyline, un disco country de pura cepa grabado en los estudios de Columbia en Nashville en apenas cuatro días, disco en el que hace un dueto con Johnny Cash y su voz se transforma en la de un crooner country. Esta transformación había comenzado en John Wesley Harding, el grito estridente, desapasionado del Dylan temprano se había acallado, pero en Nashville Skyline directamente suena a otra persona; él decía que este cambio se debía a que había dejado de fumar cigarrillos, pero solo algunos años después esa tonalidad desaparecería, esto era solo una herramienta más para la construcción de los varios personajes de Dylan.
Estos varios personajes, luego del ’66, suelen ser encarnaciones de mitos americanos. Pasa del folk al crooner country, y regresa al folk/rock despechado con Blood On The Tracks de 1975, como voz de esos hijos de la contracultura que, media década más tarde, se encontraban en desilusión. Me vienen a la mente esas estrofas de Tangled Up In Blue.
«I lived with them on Montague Street
In a basement down the stairs
There was music in the cafes at night And revolution in the air.
Then he started into dealing with slaves And something inside of him died»
Fue uno de esos raros momentos donde Dylan vuelve a hacer clic con las audiencias generales, pero inmediatamente las perdería cuando, a finales de los ’70, se vuelve un prosélito cristiano que canta Saved con un coro góspel. Más tarde, en los ’90, se convierte en un cantante de blues rock desahuciado en Time Out Of Mind (las letras y la manera en que está procesada su voz en el disco buscan dar la impresión de un hombre en sus últimos días, y funciona casi como un álbum elegiaco de un artista a quien le quedarían décadas por delante). Luego, se transforma en el divertido, socarrón e irritable intérprete de música pre-rock, el hombre en sombrero explorando la Americana que se figura en Love And Theft, Modern Times y Tempest.
Luego, al cantante de jazz que reversionaba a Sinatra, que se figura como un hombre que toca en bares oscurecidos en el sur profundo, rodeado de humo (en Shadow Kingdom, disco y película concierto donde Dylan reversiona canciones de su catálogo temprano, esta misma imagen que evoca el sonido del Dylan tardío se hace presente de manera muy literal). Al Dylan de Rough and Rowdy Ways, que es una mezcla de varias de esas facetas ya mencionadas, tiene algo de esa voz aquebrantada, fatal (ya no tan impostada) de Time Out of Mind, canta como en sus discos de reversiones de Sinatra, y lleva el sonido de un disco como Tempest. Así lo vemos ahora al hombre: amargado, ligeramente burlón, con voz como estertor de muerte y rostro sombreado.

Ya ha perdido al público general hace mucho tiempo. En cierto sentido, la batalla la ganó, sea por el paso de los años, por etapas de su carrera de calidad musical cuestionable, o será que finalmente sus tácticas de alienación rindieron fruto. Un tour de Dylan no tiene el esplendor comercial y pulido de un concierto de Paul McCartney o de los Stones. Sus shows son austeros, en recintos pequeños: teatros, anfiteatros… No sé si Dylan podría llenar un estadio, pero dudo mucho que quiera. En su audiencia queda un culto de obsesos que coleccionan box sets con outtakes, se pelean con cualquiera que ose decir que no tiene habilidad de canto, y reclaman como obra magna cualquier obra menor del artista que la crítica haya destruido. Por supuesto que los conciertos no se llenan solo con superfans, así que en todos los shows choca la devoción religiosa con la confusión del público general que se encuentra con un artista que parece casi rechazarles, que se rehúsa a tocar los hits, un artista que no quiere ser entendido
El show particular al que asistí el 6 de julio era parte del “Outlaw Festival” (una especie de festival itinerante) cuyo headliner y organizador es nada más y nada menos que el legendario Willie Nelson, que tiene unos 91 años de edad. Que sea parte de un festival causa que esta división entre leales y público general se atrinchere todavía más: mucha gente de la audiencia ni siquiera pagó para ver a Dylan; es más, parece haber entre indiferencia y vehemencia.

Antes de que suba Dylan tocaron Robert Plant y Allison Krauss, que a decir verdad sonaron muy bien, pero interpretaron canciones de sus discos en conjunto, con los cuales no estoy nada familiarizado. El público estadounidense es muy ansioso, reparte el tiempo de manera muy igualitaria entre sus asientos y los puestos de comida y bebida, y esto es cierto tanto para los festivales como para los partidos de Básquet o Baseball. Entre cada set hay una pausa y hordas de gente salen a comprar helados y cervezas, y suelen llegar mucho mas tarde de que termine el intermedio

El sol pega fuerte fuera de la sombra del anfiteatro, donde parte del público está parado, agrupado. Algunos, tirados en el pasto miran hacia el cielo de azul absoluto. La cantidad de colores abruma: los verdes punzantes del verano, los halos de luz que circulan, las vestimentas de la audiencia. Se prepara el escenario. La gente murmura, yo miro con ansiedad al escenario. Se coloca una alfombra que lee «Wild West» en el lugar donde aparecería el guitarrista, se trae un piano de cola Steinway para Bob Dylan y las luces se vuelven más tenues.
Alguien como yo no podría remontarse a los ’60, pero entre sensaciones se genera un encadenamiento de imágenes donde se me figura ese verano. Volvemos a Dylan, autoexiliado de la escena vanguardista neoyorquina, plácido en Woodstock. Acababa de lanzar Nashville Skyline, que había extrañado aún más al público. Ya había establecido un núcleo familiar, había tenido varios hijos con su esposa Sara. Pero esa paz estaba por quebrantarse: el festival de Woodstock estaba en la vecindad. La localidad había sido, por décadas, un oasis para artistas que escapaban de las grandes ciudades. En 1902, un inglés llamado Ralph Radcliffe Whitehead estableció una colonia para artistas llamada Byrdcliffe. Allí había diversos talleres, escuelas y hogares para los visitantes. Dylan se encontró con Woodstock por primera vez en 1963, hospedado en el hogar de Peter Yarrow (parte del grupo Peter, Paul & Mary) y desde entonces visitaría el pueblo con regularidad. La Woodstock que conocemos ahora es víctima del explosivo recital. Por un lado, le llevó fama mundial y turismo anual, pero, por otro lado, se siente que sus habitantes nunca podrán recuperar ese paraíso oculto, que siempre vivirán en esos tres días de agosto de 1969.

El concierto sucedió en la granja de un tal Max Yasgur, ya que los permisos fueron en su mayoría denegados por la localidad de Woodstock. Unas cuatrocientas mil personas aparecerían, muchas de ellas pidiendo acceso gratuito; falta de seguridad y el pandemonio de gente hizo que cualquiera ganara acceso. La cantidad de visitantes generaría bloqueos de tráfico inmensos en las rutas rodeando al pueblo. El concierto fue pacifico, los jóvenes aguantarían grandes lluvias, agarrados uno del otro, escuchando a Hendrix en el barro.
El hogar de Dylan seria atacado por hordas de visitantes con cámaras, grabadoras, pidiendo autógrafos y queriendo tener conversación con él. Esa cabaña idílica se convertiría en una escena pesadillesca: docenas sobre docenas de fanáticos enajenados rodeando a su familia, irrumpiendo entre los árboles y los arbustos; es como si el monstruo que había nutrido Dylan, el monstruo que venía escapando por varios años, al fin le había alcanzado.
«Ese Festival de Woodstock, que fue la suma total de toda esta mierda. Y parecía tener algo que ver conmigo, esta nación de Woodstock y todo lo que representaba. Entonces no podíamos respirar. No podía conseguir ningún espacio para mí y mi familia, y no había ayuda en ninguna parte. Me sentí muy resentido por todo el asunto y salimos de allí. Nos mudamos a Nueva York.»
«Pero entonces llegó la gran noticia sobre Woodstock, sobre los músicos que iban a ir allí, y fue como una ola de locura que se desató en la casa día y noche. Entrabas a la casa y encontrabas gente allí, gente que venía por el bosque, a todas horas del día y de la noche, llamando a tu puerta. Era realmente oscuro y deprimente. Y no había forma de responder a todo esto, ¿sabes? Era como si te estuvieran chupando la sangre. Dije: «Espera, esta gente no puede ser mis fans. Simplemente no pueden serlo». Y seguían viniendo. Teníamos que salir de allí.»
Bob Dylan, entrevistado por Kurt Loder para Rolling Stone Magazine, 1984
Y las hordas no pararían de llegar, desde ese momento el hogar de Dylan se convertiría en un sitio turístico como cualquier otro. Incapaz de tolerar la situación, Dylan se mudaría de vuelta a Greenwich Village, luego a California, donde su matrimonio se disolvería por completo. Dylan caería en el alcohol, engañaría a su mujer y terminaría lanzando una de sus obras cumbre, el ya mencionado «Blood On The Tracks» que funciona como crónica de un matrimonio en colapso. Dylan nunca volvería a presentarse como hombre de familia. En cierto sentido, Woodstock fue su Paraiso Perdido, no por accidente. Dylan continuaría hablando de este evento y la manera que afecto su vida. 36 años más tarde diría esto en su autobiografía, Chronicles, vol. 1:
«Cuando estuve en Woodstock, me quedó muy claro que toda la contracultura era un gran espantapájaros vistiendo hojas muertas. No tenía ningún propósito en mi vida. De hecho, ha sido cierto desde entonces»

Se indica el comienzo del concierto con el segundo movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Abandono mi monólogo interno; la anticipación me mata. Las notas iniciales del tema Highway 61 Revisited comienzan. Aquí tenemos a un Dylan rockero, que elimina el silbato sirena del tema, destripándolo de su atmósfera surreal. Apenas puedo entender lo que dice. Cuando llega al escenario no saluda. Nunca mira hacia la audiencia. Está con los ojos siempre en su banda, como si tocara solo para ellos. El público está algo vacío, y muchos regresan un par de canciones más tarde con panchos y helados. La gente habla muy alto y no parece respetar la puesta sobria que plantea Dylan. El escenario es oscuro, con luces bajas y cálidas. Dylan no deja que las cámaras se acerquen al escenario; en el jumbotron se ve a él y a la banda de lejos. Está vestido con camisa entreabierta y pantalón negro, su pelo castaño teñido está desarreglado. Da la sensación de que en cualquier otro clima menos caluroso estaría en su conjunto usual: traje negro, zapatos de cuero, quizás un sombrero. Toca el piano parado, ligeramente encorvado. Así está todo el show. Su forma de tocar es algo staccato y fragmentada, y le da un aire jazzero a las canciones. Su voz es, frecuentemente, ininteligible, áspera, tiene algo iracundo en ella, aunque, curiosamente, puede llegar a ser muy gentil, como en la canción que le siguió a Highway 61, Shooting Star del disco Oh Mercy, o su reversión de Simple Twist of Fate, donde su voz quebradiza se deja llevar por la melancolía y la dulzura de un hombre que relata algo muy lejano a él que igualmente imparte cierto dolor. Si uno compara el dolor en Simple Twist of Fate del ’75, es más encarnado, desesperante. Su lejanía a ese recuerdo y la importancia que tiene en su corazón trae a la mente ese famoso monólogo que relata Sloan, el banquero, en Ciudadano Kane.
«Un día, allá por 1896, yo estaba cruzando a Jersey en el ferry, y cuando salíamos, otro ferry entraba, y en él había una chica esperando para bajar. Llevaba puesto un vestido blanco, y portaba una sombrilla blanca. Sólo la vi por un segundo. Ella ni siquiera me vio, pero apuesto a que no ha pasado un mes desde entonces que no haya pensado en esa chica».
Hay tanta brecha entre cómo afronta su arte ahora y entonces, tanta separación en personalidad y tonalidad, que no tiene más opción que, en cierto sentido, hacer covers de sus propias canciones. Como si el Dylan actual las retorciera a sus necesidades. El único material que parece similar es todo lo que sea del ’97 en adelante. Pero quizá, como lo hace, agarra Ballad of a Thin Man y le agrega un largo pasaje de guitarra eléctrica pesada, y con su voz actual se torna más iracundo que ominoso. Toma Little Queenie y Six Days on the Road y las hace suyas, porque en cierto sentido lo son. Desde que Dylan hace un viaje interno a las raíces del cancionero americano, es como si ninguna canción no le perteneciera. En cierto sentido siempre fue así; Blowin’ in the Wind, por ejemplo, es, en melodía, No More Auction Block, un espiritual negro que remonta al siglo XIX. Y así con muchas cosas que robó y reversionó. Pero al atravesar tantos rostros, su música no es suya, es de los demás, pero la de los demás es de él. Cuando Dylan canta Stella Blue la hace suya, toma a Jerry Garcia y lo distorsiona sin romper sus fundamentos, juega en una elasticidad que vira entre personificar y transformar; cuando agarra I’ll Be Your Baby Tonight de John Wesley Harding, juega con ella como si no fuera suya. La genialidad de Dylan como performer en vivo es su constante rechazo de querer sonar como las versiones de estudio. Pero va más allá de esto, nunca parece grabar una canción de la misma manera. Uno puede ver esto en la Bootleg Series que recopila outtakes de sus temas. Las diferencias suelen ser sustanciales, van desde cambios de letras, de acordes, a lo anímico en su expresión vocal, a cómo entona el estribillo. Pero ahora va más allá, es como que actúa, en todo su ser, las canciones de diferente manera.

Escucho con atención su voz, algo perdida en la instrumentación y la charla de la audiencia. Trato de encontrar algo en ella… no llego a ver su rostro claramente. Un joven alto con rulos que se encuentra en la fila delantera baila de manera tosca y tapa mi vista del escenario. La mayoría de la audiencia es gente mayor, por lo cual pararme para poder tener mejor vista se me hace algo desconsiderado.
Alaridos resuenan, se le pide al joven que se siente, pero parece no importarle, continua su movimiento como de muñeco inflable de estacionamiento. Un hombre adelante mío con lentes y pelo negro engominado se sienta sobre el respaldo de la silla, el, en peculiar, parece furioso, y grita insultos hacia el joven. Resuena el coro que dice «Sit Down!». Una chica petisa vestida en overol (que también está bailando pero es demasiado enana para que moleste) piensa que la orden está dirigida hacia ella, y se suma a la cacofonía: más tarde su amiga salta a defenderla de un público que no la está insultando, pero nadie parece poder aclarar esto. La chica, en confrontación, comienza a bailar de manera estrambótica a la lúgubre «Soon After Midnight» del disco «Tempest». La imagen se hace muy graciosa, Dylan entona en susurro «Charlotte’s a harlot, dresses in scarlet, Mary dresses in green» bajo un colchón suave de piano y bajo, y la mujer baila al compás casi aviolentado de alguien en una fiesta electrónica. Trato de centrarme en la música, de abstraerme de mi alrededor… pero ya vi el setlist previo a ir al show, faltan un par de canciones. Dylan, sin ceremonia, se va del escenario.

Sale a tocar Willie Nelson. No parece tener aire. El esfuerzo que debe ser para el a los 91 estar en escenario me conmueve. Parece quedarse sin aire. Previo a esto, canceló un par de shows ya que se habia enfermado. Detrás de el se proyecta una enorme bandera de los Estados Unidos. Le acompaña su hijo, Lukas Nelson. Y su banda es grande y la llama «Family» .Curioso contraste con Dylan, quien, aún con su hijo Jakob participando en otro escenario en la misma localidad, no lo llama para tocar algún tema. A mitad de su setlist me levanto, quiero escapar antes de que los miles de invitados salgan del festival. Veo a dos chicas adolescentes bronceadas tiradas en el pasto junto a un camino que lleva al estacionamiento. Sus ojos son como platillos y miran fijo al cielo de noche. Están inmóviles, no tienen expresión facial. Estamos en territorio rural pero no hay estrellas. En camino de vuelta al Airbnb la ruta se hace oscura y traicionera, pienso en la música que había acabado de escuchar y me agarra un nudo en la garganta:
No entendí mejor a Bob Dylan.
Setlist del show:
Highway 61 Revisited
Shooting Star
Love Sick
Little Queenie
Mr. Blue
Early Roman Kings
Can’t Wait
Under The Red Sky
Things Have Changed
Stella Blue
Six Days On The Road
Soon After Midnight
Ballad Of A Thin Man
Bibliografia:
Bob Dylan Woodstock NY: A Legacy in Progress (https://woodstockmusicshop.com/the-dylan-legacy-still-in-progress/)
Chronicles, Volume 1, Bob Dylan, 2004
Bob Dylan’s ‘Nashville Skyline’: 10 Things You Didn’t Know: https://www.rollingstone.com/feature/bob-dylan-nashville-skyline-10-things-you-didnt-know-818089/
John Birch Society
https://www.newyorker.com/tag/john-birch-society
BOB DYLAN: A MYTH MATERIALIZES WITH A NEW PROTEST RECORD AND A NEW TOUR
(https://www.interferenza.net/bcs/interw/75-nov10.htm)
Bob Dylan, Recovering Christian (https://www.rollingstone.com/music/music-news/bob-dylan-recovering-christian-87837/)
The Woodstock Music and Art Fair (https://www.britannica.com/topic/The-Woodstock-Music-and-Art-Fair-1688509)
LEGACY/ Dylan In Woodstock: https://cpw.org/legacy-dylan-in-woodstock/#:~:text=Dylan%20had%20moved%20to%20the,home%20on%20Ohayo%20Mountain%20Road






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