Por Jorge Velasco


Para la Dra. Rosa Perel

Un relato

Yo era apenas un estudiante cuando tomaba el colectivo desde La Plata y cuarenta y cinco minutos después, con suerte, me hallaba frente al Hospicio de Melchor Romero. Mientras cruzaba los pabellones me  sentía inmerso en un viaje al pasado en “Stultifera Navis”, mirando por los ojos de Pinel y Clerembault, de Kraepelin y de Charcot. Sí, estaba en Charenton y la escenografía era la que proponía el Divino Marqués, o si prefieren, para ubicarse, lean el comienzo de “El pabellón número 6” de Anton Chejov. Todo esto con un sentimiento muy parecido al que experimenté en los días previos a entrar a la residencia cuando visitando otros hospicios como el Moyano y el Borda, pensaba extasiado y locamente “Yo quiero estar acá”.  Y allí estuve pero eso será otra narración. Por ahora estoy entrando al aula y el Dr. Ciafardo, titular de la Cátedra de Psiquiatría de la UNLP,  está sentado detrás de su escritorio ubicando  sobre el mismo su reloj de bolsillo extraído de su pulcro chaleco. Eran épocas en las que las llamadas “Mostración de pacientes” era una práctica habitual.  Ya culminaba la hora y su entrevista en el estrado. Se trataba de un paciente con un delirio celotípico, éste se retira y el maestro, casi como para sí mismo, murmura: “Este hombre padece los dos males”. Me permitió escucharlo el hecho que era uno de los pocos alcahuetes que nos sentábamos  en primera fila. Ese día descubrí que la realidad no es lo obvio. El paciente: un delirio celotípico;  al hombre le ponían los cuernos.

Ese día, el maestro había actuado convocando a Heidegger, con la sagacidad de los poetas para revelar el ser.

Ciafardo,  lector privilegiado de ese autor, el paciente, había descorrido una cortina, una realidad detrás de la realidad psicopatológica, develando como a la luz de un relámpago, el malentendido.

La psiquiatría ha muerto

La defunción de la  Clínica Psiquiatra Clásica  ha permitido la emergencia de  la Psiconeuroendocrinología,  este  galimatías  (palabra  usada para describir un término complicado y casi sin sentido, embrollado, lenguaje oscuro por la impropiedad de la frase o por la confusión de las ideas)  la ha reemplazado.

La Psiquiatría ha devenido en un trabalenguas que evoca  la famosa palabra de cien letras del Finnegans Wake sobre la que  Catherine Millot en “La vocación del escritor” ha escrito: “La tentativa de construcción de una palabra que diría todo, de un significante de lo inefable que tocaría a lo absoluto… Nombre impronunciable (cien letras no se leen) como el de Dios, que se reduce a un gorgorismo, al ruido del trueno que viene a soportar el Nombre del Padre, que forjaría según Lacan el arte de Joyce.”

“Dándole a la estructura psíquica el soporte del nudo Borromeo de lo real, lo simbólico y lo imaginario (RSI). Lacan sugiere que,  en Joyce, este nudo se caracterizaría por el anudamiento de lo Simbólico y lo Real, dejando libre lo Imaginario, cuyo aflojamiento es reparable en la inconsistencia del Yo.

La escritura anudaría una segunda vez lo Real y lo Simbólico, permitiendo, por eso, la inclusión de lo Imaginario y el reestablecimiento del nudo RSI (Joyce,  Le Sinthome, El Ornicar Nº 11, septiembre de 1977.”

La clínica clásica ha virado al ya suficientemente denostado por mí, DSM IV que amenaza con un V, manuales en los cuales  un diagnóstico pasa a ser un número. Siento vergüenza porque un nuevo número, un código, intente deshonrar la angustia de   Primo Levi, autor de “Si esto es un hombre” o Imre Kertész quien escribió “Sin destino”, sobrevivientes  de Auschwitz y Buchenwald.

Ya voy a hablar de otros tatuajes menos siniestros.

No deploro los avances de la psicofarmacología, me consta  el alivio que pueden proporcionar ciertos medicamentos en circunstancias clínicas muy dolorosas, casi insoportables, cuadros que antes de Henry Laborit el psiquiatra sólo observaba con impotencia.  Pero no puedo pasar por alto la cultura mafiosa que tratan de imponer los laboratorios, magistralmente expuesta por John Le Carré en “El jardinero fiel”.

No concurro más a los congresos de psiquiatría porque  no me atraen  los macabros merchandising. Sugeriría a aquéllos que sí continúan participando, que en el primer cuadro  de los power point correspondientes constara la leyenda: “comienzo de espacio publicitario”.

La migración

Muchos años me costó entender que lo que realmente me había apasionado desde el comienzo no era la Psiquiatría con su cuerpo doctrinal sino la creación artística que implicaba necesariamente cierto grado de locura.

Leí “Genio y locura” de Karl Jaspers cuando era un joven estudiante, ese libro me impulsó a seguir leyendo otros autores  y ha debatir irreverentemente, en mi interior, con  el mismísimo autor.

Advertí rápidamente que para seguir aprendiendo sobre la locura, no sólo libros de Psiquiatría debía leer,  sino libros… Libros y más libros, que me fueron exiliando de las corrientes que la moda fue imponiendo a la clínica.

En su libro “Razones intensas” Graciela Speranza (a quien nunca terminaré de agradecerle que en 1987 pusiera en mis manos esa joya de Julian Barnes “El loro de Flaubert”)   habla de la condición  de la mirada sesgada y siempre doble del “emigré” o el “outsider” referidos a John Berger, George Steiner y Edward Said.

“Said, palestino de origen, mediador por vocación entre el mundo árabe y la cultura occidental, lo resume en  una cita de un monje sajón del siglo XII, Hugo de Saint Victor: “Quien encuentre dulce su patria es todavía un tierno aprendiz, quien encuentre que todo suelo es como el nativo es ya fuerte; pero perfecto es aquel para quien el mundo entero es un lugar extraño”.

Mucho más tarde Anne Michaels me reveló  en su libro   “La cripta de invierno”, lo que en verdad me había sucedido: “Creo que cada uno de nosotros tiene una o dos ideas filosóficas o políticas en la vida,  uno o dos principios organizativos  a lo largo de toda la vida, y todo lo demás deriva de ahí…”

A falta de ideas,  buenas son las  manías: la locura por la música (melomanía) y por la literatura, más  precisamente por la lectura, “lectomanía” son las que padezco.

Años atrás, escribí  un trabajo llamado presuntuosamente “La clínica de la literatura”, texto perdido por mí pero recuperado gracias a la Dra. Rosa Perel, lectora y memoriosa amiga a quien le dedico esta reescritura.

Ahora los destinatarios son otros, pero mi  locura sigue en las mismas derivas. Muchos de los textos mencionados  en aquel trabajo siguen teniendo vigencia y las marcas que han dejado son indelebles (un guiño a “El hombre ilustrado” del recientemente fallecido  Ray Bradbury) no porque me considere ilustrado sino tatuado de cuentos y novelas,  de dramas decimonónicos, de ciencia ficción, de los relatos autobiográficos y de  policiales negros.

Se pueden distinguir en mi piel los libros de tapa dura, ediciones baratas, páginas amarillentas, traducciones imbancables, diarios, revistas y suplementos.  Parafraseando el “Cuerpo a cuerpo” que María Clara Areta escribió en su libro “Psicopatología de la vida hospitalaria”, lo mío ha sido y es un  “Cuerpo a cuerpo con la literatura”.

La clínica de la literatura

En la última de sus “Seis  propuestas para el próximo milenio” (que es éste) Ítalo Calvino propone a  “la novela contemporánea como enciclopedia, como método de conocimiento y sobre todo como red de conexiones entre los hechos, entre las personas, entre las cosas del mundo”.

Los grandes clínicos también han sido grandes escritores: la agudeza en la observación, la fineza en la descripción y el talento narrativo, les ha permitido a muchos de ellos trascender  el marco de la especialidad.

En la formación clásica de un psiquiatra prevalecían dos escuelas: la francesa y la alemana ¿no son aquéllas las cualidades que van  de un Balzac a un Pierre Michon, de un Goethe a un Bernhard Schlink?

Albert Camus,  en uno de sus “Carnets”  nos cuenta “Durante la insurrección de París silban las balas. “Ah, ah” exclama Gastón Gallimard. Robert Gallimard se precipita hacia él, enloquecido, pero Gastón estornuda.

La gravedad del síntoma, lo pintoresco de lo cotidiano, la angustia de Robert, lo intrascendente de Gastón.

“Hay una diferencia entre saber y cotorrear” sentencia Alice Munro en su cuento “Antes del cambio”.

“¡¡¡ Lean a Alice Munro!!!” vocifera Jonhatan Franzen desde la contratapa del último libro de esta autora canadiense absolutamente imprescindible. Y yo agregaría lean a Jonhatan Franzen, sobre todo “Las correcciones”.

Un párrafo de Joyce Carol Oates de su novela “Niágara” hizo resonar de una manera particular el relato de una paciente. “Todo matrimonio, todo amor debe ser una “folie a deux”. De lo contrario, no existiría ni matrimonio ni amor”.

En su novela  “Ilustrado”, Miguel Syjuco define magistralmente “La angustia no es la condición humana es ese purgatorio entre lo que tenemos y lo que deseamos pero no podemos conseguir”

Leemos sobre las tribulaciones de la adolescencia en Otto Kemberg, pero cuánto nos han ayudado  antes y después “El cazador oculto” de Salinger, “El imperio del sol” de Ballard o “Vida de este chico” de Tobías Wolf, entre otros.

La literatura nos ha salvado del prejuicio, venda fatal de la diagnosis. El prejuicio es imaginario obstaculizador que nos convertiría en mecánicos mentales.

Una buena historia clínica ¿no sería el equivalente de una buena obra literaria?

Siempre he añorado una  historia clínica cuya estructura tuviera como parámetros las novelas de John Irving o si prefieren las de su confesado maestro Charles Dickens.

¿Podríamos explorar la memoria sin remitir a Borges “El memorioso Funes” o a Nabokov “Habla memoria”?

Cómo hablar del curso del pensamiento sin tener en cuenta el monólogo de Molly en el “Ulyses” de James Joyce o “Nadie, nada, nunca” de nuestro Juan José Saer.

Respecto de la afectividad, cómo obviar “El oficio de vivir” de Cesare Pavese o “Del amor” de Stendhal.

Y así podríamos seguir construyendo una semiología desde la literatura.

¿Y los cuadros clínicos?

¿No estaríamos mejor situados frente a un alcoholista al haber leído “El que tiene sed” de Abelardo Castillo  o “Bajo el volcán” de Malcom Lowry.

¿Cuánto más sobre la obsesión nos aporta Orhan Pamuk en “El museo de la inocencia”?

¡Cómo me he conmovido y aprendido del autista Cristopher en esa maravilla que es “El curioso incidente del perro a medianoche” de Mark Haddom!

En 1967 comenzaba a leer “El mito de Sísifo” de Albert Camus, y su primer párrafo no dejó marca sino directamente cicatriz “No hay más que un problema filosófico verdaderamente cierto: el suicidio”.

Este único problema filosófico  atravesará libros y escritores desde “Las tribulaciones del joven Werther” de Goethe  hasta al “El fuego fatuo” de Drieu de La Rochelle.

“El dios salvaje. Un estudio del suicidio” es de imprescindible lectura,  el inglés A Álvarez lo escribió como  “Un intento por descubrir por qué suceden ese tipo de cosas” motivado por el suicidio de su amiga  Sylvia Plath.

Vayamos a Sylvia Plath quien escribió:

“Morir

es un arte, como todo.

Yo lo hago excepcionalmente bien.

Tan bien que es una barbaridad.

Tan bien que parece real.

Se diría, supongo, que tengo el don.”

Hablando de morir, recuerdo una contratapa de Página 12 de Juan Forn titulada “Que sea éste”, refiriéndose a que si van a leer un  libro en el año sea éste, “De vidas ajenas” del notable escritor francés Emmanuel Carrère  quien  nos enfrenta ante la muerte, tanto a la súbita como a la anunciada.

Y hablando de Carrère quien en el 2000, había escrito “El adversario” donde un personaje auténtico Jean-Claude Romand  alcanza el caso clínico más transparente y perturbador de la psicopatía. Un libro absolutamente impresionante que me desveló no sólo en la noche en la que lo leí sino muchas noches más.

Me atrevo nuevamente a meterme con el RSI, y quién mejor que Haruki Murakami para enlazar esos anillos, no se pierdan “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”.

¡Claro! Sobre las perversiones se leen, obligadamente,  a dos autores: Sade y Masoch, ¿por qué no aggionarse con “Ciencias morales” de nuestro Martín Kohan?

Pensando lo que logró Freud con las “Memorias de un enfermo nervioso” de Schreber, así podemos leer los “Diarios” de John Cheever, “Confesiones de un burgués” de Sandor Marai, o las autobiografías implícitas de J.M. Coetzze “Infancia”, “Juventud” y “Verano” o  a Le Clezió  “El africano”.

El propio Freud se inspiró en su trabajo “Dostoievsky y el parricidio” para señalar la significación de muerte que tiene la crisis epiléptica.

También Catherine Millot en el libro ya mencionado rescata una impresionante descripción que Maxime Du  Camp en sus “Recuerdos literarios” da de un ataque epiléptico de Gustave Flaubert, que puede ser hoy envidiado por el más sagaz de los clínicos.

A un amigo (lectómano también)  su madre le decía, citando un viejo refrán, “Leo, leo, y cuanto más leo más tonto me quedo”.

En el marco de La Feria del Libro de Guadalajara   Herta Müller  recordó “Mi madre me decía  que no leyera tanto porque leer hace daño a los nervios”.

La manía  por leer no garantiza el resultado: de la tontería de mi amigo al  Premio Nobel de Literatura de la Müller.

Epílogo

Escribe Mario Vargas Llosa, al final de su libro “La verdad de las mentiras”: “Hay que leer los buenos libros e incitar y enseñar a leer a los que vienen detrás, en las familias y en las aulas, en los medios y en todas las instancias de la vida común, como un quehacer imprescindible, porque él impregna y enriquece a todos los demás”.

Por su parte, Tomás Eloy Martínez en “Ficciones verdaderas”  nos dice: “La escritura literaria tiende a crear verdades que coexisten con otros objetos reales, pero no son la realidad sino, en el mejor de los casos, una representación  que tiene la misma fuerza de la realidad y engendra una ilusión igualmente verdadera”.

Para terminar vuelvo a recurrir a dos autores ya mencionados: Anne Michael con quien coincido en su afirmación “el precio lentísimo de comprender que la propia ignorancia sigue creciendo, precisamente, al mismo ritmo que la propia experiencia”. Coincidencia que extiendo  al filipino Syjuko quien afirma en “Ilustrado”: “sabios son simplemente los que han cometido todos los errores”.

“Mi primer padrastro solía decir que con lo que yo no sabía se podía escribir un libro. Pues aquí está.” Esto escribió Tobías Wolff  en su libro “Vida de este chico”.

Este  texto,  que no es un libro,  es uno más de mis errores;  pero no la cura para la lectomanía.

No quiero curarme  de la lectomanía, quiero enfermar a otros con la peste.

o enfermar a otros con la peste.

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