Lápiz japonés
Parafraseando a Kafka, al despertar una mañana, tras un sueño intranquilo, frente al espejo del baño advertí con espanto el color amarillento de mi piel; como un rayo pasó la idea de una hepatitis, pero al mirar la conjuntiva de mis ojos (significativamente rasgados) mi diagnóstico presuntivo viró rápidamente: demasiada literatura japonesa, exceso de Murakami, Kabawata y Akutagawa. Buscando antecedentes, recordé las apasionadas lecturas en mi adolescencia de Yukio Mishima y Ken Zaburo Oé, sin síntoma clínico alguno.
Más tranquilo pero siempre amarillo como un taxi neoyorquino, caí en la cuenta de que la noche anterior había terminado de leer Una novela real de Minae Mizumura. Diagnóstico definitivo: Mizumura me había caído mal, sushi en mal estado.
Por lo tanto esto va a ser una mezcla de historia clínica y crítica literaria.
Antes de tomar este color, Adriana Badagnani, colaboradora de Métrica, me informó sobre su conversación con Juan Forn, quien además de sus elogios para la revista, dijo prestarse gustoso a que se utilizaran sus artículos (los cuales leo con placer en Radar) por lo cual me doy permiso, interpósita persona, para citarlo desordenadamente.
Para bochorno de Mizumura, lo más interesante de su novela son aquellos momentos en los que se acerca al clima de su despreciado Murakami, pero usando la frase que Carl Jung le disparó a James Joyce respecto a la hija psicótica de éste, allí donde Haruki nada, Minae se ahoga.





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