Vladimir Nabokov, por Fernando Cermelo
La vida de Nabokov es la de un noble exiliado que logra evadir los lugares de las grandes tragedias del siglo XX, pero que lleva consigo las tramas de otras tragedias que se convertirán en las obras literarias más importantes de ese mismo siglo.
Vladimir Nabokov nace en 1899, en San Petersburgo. En 1919, debido a la Revolución, se escapa de Rusia con su familia. Estudia literatura en Cambridge. Después de recorrer varios países y descubrir en París las posibilidades estéticas de este siglo, vuelve con su familia a Rusia, por un breve lapso de tiempo. Asustados por la política leninista, la abandonan definitivamente en 1933. Se refugia en Berlín, donde conoce a su futura esposa y comienza a escribir cuentos en ruso para los exiliados y a darles clases de inglés, francés, prosodia, tenis y boxeo. Días después de la Noche de los Cristales Rotos, abandona Berlín. Se instala en París y viaja con frecuencia a Londres, Praga, Bruselas. Se va de París en 1940, cuando llegan las tropas alemanas. Se instala en Estados Unidos, donde trabaja de profesor de literatura para subsidiar el placer por la lectura y el juego de la escritura. Se va de Estados Unidos en 1961, habiendo sobrevivido al macartismo y a la fama literaria. Vuelve a Europa y se convierte en un pasajero permanente de un hotel de Montreux, en Suiza.
Su derrotero se puede medir en idiomas y libros. Cómo él mismo afirmó una vez, la historia de su vida se parece menos a una biografía que a una bibliografía: 10 novelas en ruso entre los 25 y 40 años, 8 novelas en inglés entre los 40 y los 77 años, y siempre algunos versos en francés.
Su misantropía fue proporcional a su timidez, su inseguridad y miedo al ridículo. Nunca decía en público más de diez palabras que no hubieran sido pensadas y escritas de antemano. Sus clases eran largas conferencias escritas, escondidas entre los libros de su escritorio y que leía disimuladamente frente a sus lejanos alumnos. Es famoso su miedo a las entrevistas. En 1975, cuando Nabokov ya era una celebridad y un escritor recluido, el periodista Bernard Pivot lo invitó al programa cultural más visto en Francia. El escritor aceptó con dos condiciones: conocer las preguntas de antemano y tener la posibilidad –dado que la charla duraría una hora– de tomar un poco de whisky. Los espectadores no debían darse cuenta ni de que Nabokov tenía las respuestas de la entrevista anotadas en pequeñas fichas y escondidas entre unos libros que le servían de muralla, ni de que ese té que el anfitrión Pivot le servía de un modo muy británico, y que Nabokov comentaba que estaba fuerte o frío, era el whisky pedido.
Esa necesidad de certezas y precaución desmedidas residía menos en la cobardía y el temor que en la experiencia de haber soportado las grandes gestas de la estupidez humana del siglo XX. Nabokov, como muchos de sus personajes, sabía que las grandes desgracias se desencadenan a partir de un detalle mínimo: un insecto muerto, el descuido en un movimiento de ajedrez, la pérdida de un objeto sin importancia, el olvido de los anteojos, las llaves o la billetera, y sobre todo, en las consecuencias de una pregunta o respuesta sin oír, o de una palabra mal escrita.
Al contrario de muchos escritores masivos que quieren ser cultos, Nabokov fue un escritor culto que quiso escribir un best-seller. La publicación de Lolita le permitió abandonar las clases para siempre y tomarse unas vacaciones dedicadas a los viajes, al recuerdo e invención de historias y la observación de mariposas. Vacaciones que no terminarían hasta su muerte, en el Hotel Palace de Montreux, frente al lago Lemán, en el verano de 1977.





Deja un comentario