Por Fernando Cermelo
Resulta casi simpático encontrar desde artículos hasta tesis doctorales que todavía pretendan decir algo nuevo sobre el Quijote. Lo bueno de los clásicos es que no necesitan de investigaciones que descubran algo perdido, si no que se aspiran a que un lector común recuerde y comparta algo que de alguna manera ya sabía.
Más allá de su estructura, de la composición de los personajes, de la reconstrucción del derrotero de los dos amigos antagónicos y complementarios, existen diversas interpretaciones del Quijote que circulan no sólo a nivel textual sino también en una dimensión filosófica, vital y hasta metafísica (si es que se me permite incluir estos términos en una misma categoría) y sostienen la estatura mítica tanto del libro como de sus personajes. Ya el quijotesco Anthony Close relevó las luchas interpretativas más importantes desde el Siglo XVII. Remito a su excelente trabajo en Cervantes Virtual. También nos recuerda que fue Unamuno el que barrió con cualquier interpretación histórica, y el que despreció incluso la intención del mismo Cervantes de hacer una crítica a los libros de caballería: «¿Qué importa lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que yo allí descubro, pusiéralo o no Cervantes», dice el prólogo a El sentimiento trágico de la vida.
Después de todo lo que se dijo sobre el Quijote, imagino que cada nuevo escrito o comentario funciona más como un homenaje que como una inocente o redundante investigación. Como si todo lo que se explicara fuese poco para agradecer las maravillas de ese libro.
Pero también formulo un homenaje más personal, que es el de preguntarme, cada tanto, cuál es mi parte favorita. Olvidar por un momento la dimensión casi mítica que ha adquirido el libro, y rescatar un detalle, si está escondido mucho mejor. Si creemos conocer el libro, nos sorprenderá la dificultad de este trabajo. La distancia de la lectura nos hace observar al Quijote como un inmenso mural. El hecho de que encontremos una parte favorita, y ésta cambie con los años, es una muestra de que el libro sigue afectándonos. Cuando después de un tiempo la parte favorita sigue siendo la misma, me doy cuenta de que es hora de releerlo. Tratando de motivar a otros lectores a que hagan lo mismo, expongo en este espacio uno de mis momentos preferidos. En la segunda parte, Sancho desempeña con sabiduría salomónica lo que siempre deseo: su fingido puesto de gobernador de la ínsula. Después de demostrar que es un hombre capaz de establecer justicia, los duques (los aduladores de los duques) le preparan una suerte de invasión militar, para ver cómo responde ante el peligro y para seguir con las burlas. En medio de los gritos nocturnos, Sancho no sabe muy bien qué está pasando. Sus súbditos cuidan por su seguridad y lo mantienen protegido hasta que termina el ataque y recibe la noticia de que han vencido a los invasores. Sin embargo, la felicidad de todos es la contracara de los sentimientos de Sancho, quien toma sus pertenencias (mínimas) las ata a su burro, y sin decir nada, se marcha. Decide que no tiene madera de gobernador si no puede defender a su pueblo. Renuncia. Es una de las escenas más melancólicas del libro, porque Sancho enfrenta el derrumbe de su propia fantasía, del deseo que fue el motor de su viaje con Don Quijote. Sancho es otro después de esa decisión. Ya no lo mueve la ambición, ha clausurado sus esperanzas. Vuelve al lado de Don Quijote, quien también será derrotado en las pocas horas. Pero a Don Quijote lo sigue manejando la locura, mientras que Sancho es dueño de su voluntad. Esta decisión de Sancho es la que marca el comienzo del final del libro. Hace algo que ni siquiera el mismo Quijote pudo haber hecho.





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